Dogger Bank
Hungerfree nació en el luminoso claro de un bosque de abetos una hermosa mañana. Su gente estaba asentada en aquel lugar, encantados con el suministro eterno de caza, menor y mayor, y con la posibilidad, estacional, de recolectar distintos frutos silvestres en el bosque. La vida era dura en invierno, claro, como siempre, pero estaban bien preparados cada año para afrontarlo.Sus recuerdos de infancia eran de un período tranquilo, en el que pudo aprender de las mujeres de su clan toda la sabiduría acumulada tras generaciones de convivencia con la dura y seductora tierra. De su padre y los demás hombres pudo aprender también, en cuanto tuvo la edad correspondiente, todo lo que un buen varón debe saber. Con ocho años cazaba liebres; con catorce mató su primer oso.
Sus ojos estaban húmedos por la emoción aquella tarde, junto al fuego, viendo la catástrofe en la distancia, rodeado de sus hijos, nietos y vecinos. Llevaban cincuenta años escapando. Desde que las aguas empezaron a robarles la tierra. Desde que el mundo se había vuelto loco. El cielo podría terminar cayendo sobre sus cabezas, como muchos sacerdotes proclamaban. Al principio nadie creía que aquello fuese a llegar muy lejos. No tenía sentido y nadie había visto nunca algo así. Quizá los dioses les estuvieran castigando por su falta de fe.
Emocionado, hizo un repaso en su cabeza y recordó aquel invierno, en el que sólo tenía 10 años, el invierno menos frío registrado en la memoria de los mayores del clan. Los ancianos de los poblados cercanos tenían la misma impresión. La nieve solamente había estado sobre las cabañas un par de meses. Aunque la tendencia en el mismo sentido era muy acusada en los años anteriores, nunca se había llegado a esos extremos. Y entonces llegó el agua. Nadie sabía cómo. Pero, en primavera, una mañana, los niños descubrieron enormes charcos, que se hicieron lagunas, a apenas cien metros del poblado. Y era agua salada. El mar venía hacia el poblado. El dios del mar debía estar muy irritado.
Cada primavera y verano el fenómeno era más intenso. Los árboles se pudrieron. Los frutos del bosque ya no estaban ahí. La caza desaparecía. Tuvieron que trasladar el poblado a zonas más altas. Pero el mar seguía viniendo, siempre tras ellos. Todos los hombres de todas las regiones buscaban tierras altas.
Hoy mismo, cincuenta años después y tras veinte traslados, el grupo de Hungerfree encontró el borde del mundo y se encaramó a él. Muchos grupos habían sucumbido de hambre o sepultados por la fuerza constante del agua asesina. Hungerfree se sintió a salvo... por fin. Parecía que la subida constante de las aguas podrían sobrellevarla ahora. Tendrían al menos una tregua para largo tiempo. Aquella altura parecía infranqueable, y hacia el sur se veían extensiones sin fin de bosque intacto por las aguas. Parecía que aquello sería su nuevo hogar. A pocos kilómetros de allí se levanta, diez mil años después, la ciudad de Amsterdam.
Hungerfree se volvió hacia su tierra, tristemente engullida ya por el insaciable dios del mar. Los árboles estaban tristes, sin hojas, esqueletos de lo que habían sido. Se veía agua por todas partes. No había animales ya, ni frutos, ni hombres, ni gritos de niños jugando. El mundo que siempre había conocido no existía.
Sólo mil años después, al derretirse un colosal bloque de hielo que ocupaba casi toda Norteamérica, se formó un enorme lago interior allí. Los grandes lagos de hoy son sus restos. La mayor parte del agua terminó vertiéndose al Atlántico. Tanta agua, tan fría, provocó que la corriente cálida del golfo de México sobre Europa dejara de ser tal. En diez años los descendientes de Hungerfree sufrieron una nueva edad de hielo sobre Europa. Hasta que la corriente del Golfo volvió a funcionar.
Si dentro de veinte años, como ya parece seguro, se funde completamente el casquete polar ártico y el enorme bloque de hielo de Groenlandia cae al Atlántico, algo absolutamente verosímil teniendo en cuenta lo que está sucediendo año tras año, tendríamos, en primer lugar, una subida de unos 6 m. del nivel del mar por todas las costas. A Salamanca no me llegará..., eso sí. Pero quizá los papeles del archivo tengan que volver aquí para salvarse...
Y en segundo lugar, podría producirse una nueva afectación traumática de la corriente del Golfo de México. Y una nueva edad de hielo en Europa. Vaya, esto del frío sí que llegaría por aquí. Terminaríamos en cayucos en dirección a África, con las banderas, el himno y los papeles del archivo. Allá por el 2.040.
Siempre que Rajoy y su primo no dispongan otra cosa, claro...