
Empiezo a salir de una gripe insidiosa que me ha fastidiado bien las vacaciones, y no puedo dejar pasar del todo el tema de actualidad política de los últimos días. No lo voy a hacer llenando estas líneas de documentos y enlaces eruditos. En realidad el tema no es de los últimos días, sino de los últimos siglos. No es ninguna novedad para nadie que los dirigentes de la Iglesia Católica han constituido una fuerza poderosísima en la vida pública española a lo largo del tiempo, disfrutando de una situación envidiable: sólo responden ante Dios, que, además, supuestamente, les inspira. Al igual que en otros países de nuestro entorno, como Irlanda, Italia, etc.
No me detendré a hablar de la Inquisición, la Santa Inquisición, porque es un tema histórico bien conocido. No me detendré a hablar del control de la Educación de los niños o de la conciencia de los adultos durante siglos, porque todos lo conocemos. No me detendré a comentar la cercanía constante de los poderes celestiales de la Santa Madre con los poderes terrenales de los monarcas, aristócratas y oligarcas hispánicos a lo largo de los siglos. No comentaré sus malestares con las fuerzas de progreso, con el advenimiento de la 2ª República, con los gobiernos democráticos, con las reformas constitucionales, con la creación de una educación pública. No mencionaré la alineación clara de los hombres de Iglesia con las fuerzas de la reacción antes, durante y después de la Santa Cruzada Salvadora de la patria, el plebiscito armado al que dotaron de argumentario y legitimidad. No hablaré de las entradas bajo palio a los templos del salvador "por la gracia de Dios".
Yo mismo he sido educado en una familia profundamente religiosa, profundamente católica. Cierto es que siempre con un lugar para el sentido común y la capacidad crítica ante los excesos o errores pasados, como la historia "complicada" de inquisiciones, etc. Lo que sigue no es, por supuesto, una crítica a las creencias religiosas de millones de españoles, sino una crítica política a una intervención para mí inaceptable en el tono, en la forma y en la oportunidad. Una vez más.
Los militares son ciudadanos de pleno derecho. Pero no pueden expresar en público opiniones políticas, pues ya tienen el privilegio de llevar armas en su mano. Sus argumentos no pueden verse reforzados por la legitimidad de las balas. Lo mismo podríamos decir de policías, etc.
Los dirigentes de la Iglesia, los obispos, etc., son ciudadanos de pleno derecho que ejercen sin ninguna limitación su actividad, subvencionada en muy alto grado por un estado que es legalmente "aconfesional". Pero su relevancia social nace de su papel como intérpretes del mensaje de Dios para sus fieles. Si utilizan sus tribunas para hacer política, prostituyen su papel.
Y lo hacen. Hacen política. Y la hacen muy mal. Con mentiras, exageraciones. Selectivamente.
Lo dijo Blázquez hace pocos días: "no atribuyamos la crisis de la familia a la izquierda o a la derecha". Pero ya sabemos que no todos opinan lo mismo: "en España, el matrimonio ha dejado de existir legalmente" (
Martínez Camino, El Mundo, 6 de enero de 2007).
Con la historia de este país es como poco irónico que la jerarquía eclesiástica hable de libertad y de democracia para referirse a decisiones legislativas de la soberanía popular expresada en el parlamento. En un país como el nuestro, la capacidad del pueblo de liberarse de las limitaciones o restricciones ligadas, no tanto o no sólo a la doctrina de la Iglesia, sino especialmente a las opiniones en todos los órdenes de la jerarquía eclesiástica, es una necesidad para la expresión libre de la soberanía popular.
Es grave, por otro lado, que se refieran a todo lo que consideran "crisis de la familia" como si ello fuera responsabilidad exclusiva de los gobernantes actuales. El divorcio o el aborto existen desde hace décadas y el PP no se planteó eliminarlos cuando gobernó. La Iglesia no se manifestó entonces. ¿Hacerlo en campaña qué sentido tiene? ¿colaborar para que gane el PP, que ha dicho ya que no piensan cambiar esas leyes? ¿?
De los diez mandamientos y del mensaje de Jesús saco como conclusión que el ideario político que más se le acerca es el de la izquierda democrática. Igualdad, libertad, fraternidad. Amar al prójimo como a ti mismo. Pero la jerarquía eclesiástica en España va de manifa contra un partido de izquierdas, en campaña electoral, aduciendo temas morales, selectivamente achacados a ellos. No fue de manifa contra la guerra de Irak, aunque supuestamente estaba en contra. Parece que el "no matarás" no es pecado mortal si la derecha social lo avala. O no tanto pecado como el divorcio. La nulidad sí vale, porque con ello el matrimonio nunca existió...
La Conferencia Episcopal, dirigida por algunos 'duros' como Rouco Varela ha entrado en la cancha, recuperando un hábito nacional nunca perdido del todo. Agita la moral y la supuesta legitimidad de su hilo divino. Pero olvidan que este país está habitado por ciudadanos libres y tiene el gobierno que elige en las urnas. A mí no me pueden venir a agitar el fantasma del divorcio... hoy. Sé que lo hacen de modo oportunista. Porque en 2000, con el PP y su mayoría absoluta, también se podía uno divorciar. Y no vi ninguna manifestación de obispos. A mí no me pueden vender su pureza. Porque conozco el odio que se ha destilado, con su beneplácito, a través de la COPE. ¡Han avalado la conspiranoia! A mí no me pueden hablar de 'moral' hasta que oiga alguna censura a ciertas palabras de un obispo tinerfeño. A mí no me pueden vender preocupación por la libertad, la democracia o la constitución mientras no respeten a los ciudadanos y a sus decisiones democráticas. A mí no me pueden hablar de justicia mientras acudan a Roma a beatificar a 498 mártires de la Cruzada Salvadora y echen sapos y culebras por la boca a propósito de la Ley de Memoria Histórica.
Y la familia sí importa, claro. A cada cual especialmente la suya.