
Eran las tres menos cinco o algo así. Estaba poniendo la mesa pensando que el verano tocaba a su fin. Ana Blanco, desde su sonrisa de televisión pública y su profesionalidad por encima de los Urdaci del mundo, comenta que una avioneta ha chocado contra una de las Torres Gemelas de Nueva York. Mis ojos se vuelven hacia la foto que tenemos sobre el aparador, con las mismas Torres Gemelas como decorado. En 1991 estuvimos por allí. En 2001, ambas Torres terminaron cayendo al suelo de Manhattan, como una metáfora del principio del fin del imperio occidental. En términos hungtingtonianos lo veía desde algún lugar de las montañas de Pakistán el por siempre huidizo inspirador saudí.
El mundo se volvió loco, si no lo estaba ya. Tras la primera venganza en Afganistán, con más muertes inocentes que añadir a las de los escombros neoyorquinos, el emperador ex-alcohólico que había logrado un título en Yale favorecido por el apellido y los dólares de papá, decidió, en rapto bien edípico, matar al patriarca, aunque fuera figuradamente. No emular, sino superar a papá, terminando lo que papá no terminó. Terminando con Irak y atándose el negocio del petrodólar, sensible para cualquier tejano.
Los delirios de grandeza sumaron al carro tristes parodias de líderes. Como el ex-izquierdista Blair o el padre de la novia de El Escorial. Se vieron en las Azores, para hacerse unas fotos. Invadieron Irak y desencadenaron la madre de todas las matanzas. 2.000 muertos en Manhattan. 650.000 en Irak.
El fundamentalismo de inspiración islamista, exacerbado por el espíritu cowboy, siguió dando zarpazos. Una mañana de marzo la sangre fue nuestra. Desde aquella mañana, las ondas siguen llenas de odio. No por la sangre, sino por los sillones... además de los millones.
Al padre de la novia le quedaban pocas horas en Moncloa. Pero su delfín digital tiene planes para redecorarla. La política exterior de su partido había sido muy protestada. Las bombas la recordaron a tres días de la consulta. Pero las armas de destrucción masiva de las opciones conservadoras fueron fundamentalmente la arrogancia, la mentira y la creencia en el poder sobrenatural del líder. Al final no fue posible tapar las fugas de agua de la tubería del engaño masivo. La mayoría ciudadana, atónita, recordó el "no a la guerra". Y recordó las fotos del álbum de Bush. Asistió a varias comparecencias de un señor de Ávila que hablaba despacito de "miserables" y de "dos líneas deeee investigación". Y acudió a votar tras tres detenciones en Lavapiés. El resultado de la consulta llevó a un leonés a redecorar el palacete de ladrillo monclovita. El pontevedrés no pudo, pagó las deudas del vallisoletano. Es la España plural.
Pero el odio se instaló en las ondas y en el papel escrito. Cuatro años de conspiranoia lavaron muchas mentes, instalaron las suficientes dudas y crearon una realidad virtual de ácidos bóricos, confidentes, explosivos, portadas, tertulias e insultos. Los malos pasaron a ser los policías, los guardiaciviles, los jueces, los fiscales. Los islamistas pasaron a ser inocentes moritos. ETA tenía que estar y los socialistas, en la oposición en el momento de los atentados, tenían más y mejor información que el gobierno del PP porque "alomojó" estaban en el ajo o lo habían preparado todo con la ayuda de policías criminales, corruptos y sociatas, con asesoramiento de señores con txapela. Pruebas ninguna, pero ¿quién las necesita?
Se vendieron muchos periódicos y se calentaron las mañanas con mucha ignominia. Ciertos personajes de corta estatura compensaron sus complejos creciendo en prominencia y en preeminencia
("Por desgracia no hay muchos como yo", dice hoy). Se insultó e injurió grave y cotidianamente a diestro y siniestro. A diestro, por ejemplo, el alcalde de Madrid, que se permitió sugerir que el sistema judicial merecía un poco más de respeto. El predicador que sustentan los obispos le acusó de traicionar a las víctimas, de anteponer su carrera política a las muertes y de no querer esclarecer "la verdad" del 11-M. Gallardón se querelló.